… “Como en la madrugada va el Gran Poder”

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No es la lúgubre alborada de una madrugá que anticipa el funesto final del temido Gólgota, no son rastros de luna los que marcan el afligido caminar de Jesús por las empedradas calles de la Sevilla más auténtica…  No hay ruan, ni esparto, ni capirotes morados en la noche silenciosa. Tampoco estamos en la Jerusalén del siglo I. No son los feroces aullidos del Sanedrín los que marcan el transitar del reo a través del intrincado laberinto de callejuelas… No. No estamos soñando con imágenes transmitidas a través de los siglos. No son trozos de historia mil veces repetida los que asombran mis ojos esta luminosa mañana de un noviembre extrañamente templado. A través de los vetustos muros de la catedral hispalense, el Señor del Gran Poder atraviesa la atmósfera expectante de una Sevilla anhelante para plantar su soberana figura en mitad de nuestra atónita retina. Se detiene el tiempo en su doliente mirada y el silencio se esparce sobre la muchedumbre como trigo aventado. El Señor de Sevilla planta su pie en el mismísimo centro de una moneda de plata antigua, adueñándose de latidos, miradas, calles y rostros. Porque en esa poderosa zancada se concentrará todo el pulso de nuestro absurdo deambular, en su dramático gesto plasmado por el genial golpe de gubia podemos ver el mismísimo rostro de un Dios hecho carne para el sacrificio consentido. El fin se avecina y en sus ojos podemos vislumbrarlo. No hay tregua para el sosiego. Silencio y paso largo. Un aura de sacralidad, todo ajustado, medido. En Pozoblanco tiene también su casa. El uno me recuerda al otro y viceversa, es inevitable. Nada es más. Ni menos. Me gusta el contraste de la austeridad en la figura del Cristo que parece caminar entre la muchedumbre con el barroquismo del trono que lo sustenta y que acentúa aún más la sencillez de la escena. Me fascina el equilibrio de proporciones y ese andar pausado pero a la vez amplio y poderoso. Mereció la pena ver al Señor del Gran Poder con los rayos del sol dibujándose en su rostro. Una imagen transmite no sólo por su excepcional factura, la puesta en escena es también fundamental para que todo aquel que la contemple en la calle asimile de un golpe toda la magnificencia de un estilo propio que se palpa, se nota a cada zancada, un estilo que cuesta crear y aún más mantener, pero que es lo único que merece la pena salvaguardar para que una talla genial encuentre su acomodo en el seno de una humilde hermandad de penitencia.

  Andrés Garrido

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