Única Soledad

IMG-20170415-WA0022Soledad del Cerro. Soledad de barrio y de capirotes enlutados que bajan en interminables hileras por la calle empedrá rumbo al corazón de un pueblo que presiente el misterio en sus ojos. No creo equivocarme al afirmar que el momento más intenso y emocionante de la noche no se vivió en las calles, sino de puertas para adentro, cuando al término de la Celebración de la Palabra, la voz del que fuera consiliario de la Hermandad durante muchos años, el añorado don Juan Caballero, retumbó de nuevo en la capilla gracias a una grabación en la que con inusitada pasión exhortaba a los cofrades soledanos a acompañar a su Madre de la Soledad con todo su corazón, entre vivas y palabras de aliento. Las lágrimas brotaron inevitablemente ante el inesperado gesto de recuerdo y homenaje al que siempre fue y seguirá siendo referente y espejo de amor fraternal en la hermandad del cerro.

Sorprende y desconcierta la bajísima media de edad del cuerpo de penitentes sentados en las bancas de la iglesia, con un elevado porcentaje de adolescentes y chiquillería quizá más propia de una cofradía como la Borriquita que de una hermandad de Viernes Santo que se recoge año tras año pasadas las 2 de la madrugada. El cofrade viejo parece haber cedido el testigo y de qué manera a las generaciones más nuevas, lo cual no es obstáculo para reconocer y alabar la minuciosa organización del cortejo llevada a cabo por el equipo directivo.

Y es que estamos ante una noche de contrastes, noche de luto y dolor por la muerte del Hijo del Hombre que en muchos lugares se celebra en silencio, como un inmenso velatorio en el que solemnemente pasan cortejos fúnebres mientras la oscuridad se impone en espera del glorioso día de la resurrección. La Hermandad de S. Sebastián pone el contrapunto pues no es tristeza lo que trasmite su estación de penitencia. Contemplar este paso de palio al compás de la legendaria Agrupación Musical que lleva su nombre es algo que difícilmente encuentra acomodo en una ortodoxia cofrade. Pero nadie entendería otra forma de acompañar musicalmente el andar esta dolorosa. Ambas realidades son una misma, están indisolublemente ligadas para siempre por una historia común que es imposible desligar en pos de una formalidad que se rompe ante el peso de la tradición. Es cierto que dentro de la peculiaridad existen matices que pueden –y deben- ajustarse al momento que se vive y se representa. Aún queda camino por recorrer –aquí y en cualquiera de nuestras hermandades- Pero qué sería de nuestra Semana Santa sin esos contrastes, que sería de nuestra idiosincrasia cofrade si renunciáramos a lo que nos diferencia. Tradición, estilo propio… pero ajustando la forma al contenido. Esa es la clave.

Andrés Garrido

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